Lo que desde el corazón es cierto
desde la acción es posible

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10 de Diciembre de 1997

El 10 de diciembre de 1997 morí. Ya nada sería igual para mis hijos, para mí, ni tampoco para Imad. Acabada y gimiendo debía decidir si me entregaba al dolor y a la ira o reconstruía mi ser, dándome a luz nuevamente, para emprender el camino de la búsqueda por mis hijos.
Tuve que volver a nacer. Fue volver a mis valores, a mis principios de vida; al latir de mi corazón que mis hijos mamaron en los 9 meses de gestación, y que reconocerían más allá de toda distancia y desesperación.

Esto fue, sin duda, elegir el camino más largo, el más difícil: el amor; la esencia que nos hizo conquistar nuevos cielos, atravesar desiertos y llegar a ese espacio que nos mantuvo juntos, vinculados. El espacio del amor.

Después del día trágico, tenía que mantener limpio y prístino el amor, que ya nos reconocía grande entre nosotros.

Recorrí el mundo. Golpeé todas las puertas que debía golpear. Me entrevisté con todos los mandatarios, para que pudieran elevar sus voces y les llegara a los tres el mensaje de que mamá estaba viva, que no me había enfermado o muerto, y que estaba tratando de volver a reunirme con ellos.

 

Y lo logré. Al año, entre gobiernos, ministros, embajadores y guardaespaldas, en una noche de invierno cerrada, en Amman y en Ramadan, por rutas inciertas, llegué a una casa donde mis hijos me esperaban. Los psicólogos me habían querido advertir que, en especial mi hijo mas pequeño, que fue secuestrado teniendo tan solo 1 año y 8 meses, no iba a reconocerme. Que al haber sido llevado en un momento clave de su crecimiento, seguramente,  para sobrevivir del trágico momento en que lo separan de su madre, abría adoptado a una sustituta. Subía las escaleras de la mansión árabe, y en cada paso las voces de la teoría aparecían frente a mi FE. Durante todo un año, yo había apostado al amor tan particular que me unía a mis hijos. No podía mi corazón concebir semejante diagnostico.

 

Al final de la travesía, un muro humano de hombres musulmanes me dio la bienvenida, quitándome toda visión. Me arrojé al piso. Fue el instinto materno el que me llevó al espacio donde estos hombres, sin entender lo que estaba ocurriendo, comenzaron a abrirse, y en ese abrirse, encontré a Sharif!!!!!! Allí estaba mi Winnie the Pooh, mi osito, con un año más. Lo miré profundamente (nuestro secreto desde que nació era hablarnos con los ojos). Acudí a nuestro más preciado tesoro. Lo miré, y en esa mirada le dije … ¾ mi amor, aquí esta mamá, al fin llegué.¾ Y al terminar la última sílaba, él comenzó a correr hacia mí gritando: mamá, mamá, mamá…..su beso en mi boca sorprendió mi alma. Se dio vuelta y, mientras yo seguía arrojada en el piso, se sentó en mis faldas y miró a los hombre musulmanes, como diciendo, aquí está mi mamá…El secuestro no había ocurrido en el corazón de Sharif ni en el mío. El AMOR  ES POSIBLE A PESAR DE LA DISTANCIA. Los milagros suceden. Supe que habíamos ganado la guerra, pero que nos llevaría tiempo. Sharif nunca adoptó una madre, se quedó con la que llevaba dentro, que lo acunaba y lo llamaba desde Argentina.

Estos casi nuevos años, fueron años en los que el destino nos hizo sortear miles de dificultades, no solo en la propia historia, sino también, en los acontecimientos mundiales.

Hoy puedo decir que la historia se hizo grande, y que es ella la que me lleva a mí. La historia son ellos tres, Karim, Zahira y Sharif, y en ellos, el derecho de todo niño y niña a crecer en contacto con su papá y su mamá. Esta frase tan fácil de pronunciar y de tanto sentido común  fue la que me hizo convertirme en la madre que soy hoy; quebrando el muro musulmán en Jordania. Fui recibida por la máxima figura del Islam, asumiendo el deber de unirnos por el bien de los chicos; quien llevaba un mensaje y todo un accionar mundial, ubicando a mis hijos en el centro y prioridad para el dialogo.
Cada abrazo, cada caricia, y cada travesía marcaban en mi profundo sentir la posibilidad de encontrar paz y conciliación.

Mis hijos hoy crecen en Jordania. Pudimos volver a sentarnos a comer en familia, mientras las causas se cerraban, y allí, la posibilidad de entregarles libertad y la reconstrucción de sus identidades. Karim, Zahira y Sharif no son occidentales u orientales, son la riqueza de ambos mundos. Ellos deberán poder ir de un mundo al otro, sin alienación y xenofobia, libres de un pasado trágico, que podría haberlos sumido en la pérdida total de su real vida.

Desde mi hogar en Argentina, y llegando al final de un proceso doloroso y duro, renuncié a todos mis derechos para que ellos tres pudieran, al fin, ser libres; y en la libertad, tener la posibilidad de ir en busca de la identidad que necesitan para construir sus propias vidas.

 

Imad y yo no pudimos con el proyecto de crecer y crear esta familia multicultural. Las tradiciones familiares y culturales pesaron más, y la tragedia llegó.

 

Por eso, en mi travesía, estas semillas por la conciliación y la universalidad fueron sembradas. Solo será cuestión de que ellos las tomen y lleguen a su propia humanidad.

 

Ojalá que esta historia comience a crear la conciencia de que todos los niños, como Karim, Zahira y Sharif, merecen criarse en contacto con sus dos padres. Y en esto, cada uno debe hacer lo propio, los presidentes, las organizaciones de derechos humanos, las diferentes sociedades, y los medios de comunicación. La historia de ellos tres así lo demuestra.
Ninguna cultura debe poder más que otra ni tratar de tener el control sobre otra. Debemos saber darnos las manos, agachar cabezas; y en ese gesto, darles el lugar primordial a los hijos, que lo merecen y lo necesitan.

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