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Aprender a perdonar

Esta Nota de la Revista Nueva, La Revista del Interior,

Lunes 5 de marzo de 2012

Aprender a Perdonar

Con amor y paciencia, luego de recorrer juzgados, entrevistarse con personalidades y hasta crear una fundación, Gabriela Arias Uriburu se reencontró con sus hijos y transformó el dolor en alegría y el rencor en comprensión.

El Día Internacional de la Mujer se presenta como una oportunidad para rendir homenaje a aquellas mujeres que, por distintos motivos, enaltecen su condición con su quehacer diario. Gabriela Arias Uriburu abrió caminos legales y vinculares para que otros pudieran salvar las diferencias y las distancias que imponen, a veces, los matrimonios interculturales. Ella priorizó a sus hijos y los lazos de amor que la unían a ellos, y por esta razón, marcó un hito.
Su historia comenzó en Guatemala, en 1997, cuando esta joven esposa y madre de 32 años se separó del empresario jordano Imad Shaban, y la tenencia de los hijos de la pareja quedó a cargo de ella. Sobre Imad pesó una prohibición de acercarse al grupo familiar, por encontrarse este bajo protección del juzgado de familia, medida judicial que, según parece, anticipó el desastre. El 10 de diciembre de ese año, Imad desapareció con Karim, Zahira y Sharif, lo que legalmente tomó el nombre de “secuestro parental”, y no fue sino hasta el 21 de marzo de 1998 que Gabriela supo que sus “pichones” se encontraban en Amán, Jordania.
Muchos de estos casos, en los que al conflicto conyugal se suma el cultural, se suelen resolver con un contrasecuestro de los hijos por parte del cónyuge perjudicado. Pero Gabriela decidió no tomar a los hijos como botín de guerra; supo que ese camino solo añadiría más violencia a la vida de los niños de 1, 4 y 5 años, y eligió el sendero de la legalidad, sentando un precedente que la convirtió en una pionera a nivel internacional.
Así se inició un largo camino: debió cambiar mamaderas y horarios escolares por informes a organizaciones de derechos humanos, audiencias con presidentes y autoridades judiciales de todo el mundo (Hillary Clinton incluida), y viajes a Jordania para visitar a sus hijos.–Hay algo que marca tu historia y es que construiste todo desde el cuidado de tus hijos y de la figura de su padre…
–Es importante lo que decís. No seguí los caminos convencionales. Quizá porque no empiezo con la historia de mis hijos, sino con la historia del divorcio de mis padres, que fue muy complicado y nos mantuvo separados mucho tiempo. Eso me dejó una huella que me llevó a no hacer con mis hijos lo que hicieron mis padres. No solo tengo la experiencia como madre, sino también como hija; se me cerró el círculo con los chicos. Por eso, tuve que crear una fundación por los derechos de los niños (la Fundación Niños Unidos para el Mundo). Yo salí de la cuestión de género, del conflicto matrimonial… No convertí a mis hijos en el brazo armado de esta situación. Había algo que clamaba mucho más que mi lugar de madre. Es fuerte lo que te estoy diciendo, y recién ahora lo puedo decir.

En todos estos años, Gabriela decidió quedarse con lo positivo de todo lo que pasó y capitalizar ese aprendizaje brutal. “La historia me hizo atravesar oscuridades, temores, infiernos… La idea fue salir de ella lo más rescatada posible. Yo veo gente que ha vuelto de su épica con cierto grado de violencia que la hostiga. Eso, en algún momento, se dispara. Imad, por ejemplo, es una persona que no sabe cómo resolver en él lo que pasó. Cuando uno hace un acto violento, eso tiene una consecuencia. Imad, hasta el día de hoy, sigue y sigue con lo mismo”.

–Él siempre temió que actuaras como él: realizando un contrasecuestro…
–Sí, quedó atrapado en una circunstancia propia. Le digo: “Por favor, aggiornate”. Es difícil para él. Imad es el ejemplo de lo que nos pasa a los padres cuando los hijos crecen. Seguimos con la colonia para bebés, cuando el chico ya huele y le salieron pelos por todo el cuerpo. El chico te dice: “Pará, no me trates como si fuera un bebé”. Hay que respetar el ser que el otro es. El respeto tiene que ver con que uno, en algún lugar, deja de ser hijo y empieza a ser mucho más que eso. El hijo es una instancia, la madre también es una instancia. La historia nos lo fue mostrando brutalmente.

–Conocido el paradero de tus hijos en Jordania, luchaste por viajar, y en cada encuentro te preparabas para estar radiante.
–Trataba de que siguieran vinculados a lo que ellos habían tenido de mí. Pensá que los encuentros con mis hijos eran de minutos, dos o tres horas. Entonces, lo importante era el primer impacto. El adulto se “come” el momento, pero un chico lo disfruta, porque está conectado con eso y se lo lleva como comidita a su corazón, para los momentos difíciles. Eso lo tenía claro. No tengo la menor idea de dónde lo saqué. Es un tesoro para mí.

–Era impresionante que cargaras parte de la Argentina en tus valijas: carne, plancha para bifes, wafflera, chocolates…
–Esos son los vínculos. Llevaba videos de mis días, de cómo me levantaba… para que me conocieran. De todas maneras, hay brechas que los chicos van a tener que atravesar. Ellos todavía no tienen mucha noción del mundo íntimo de la mamá.

–¿Tiene que ver con la educación que recibieron en Oriente?
–No lo sé; puede ser también por sus personalidades. En este último tiempo, yo bajé el nivel de contacto (no el vincular, para el que me he convertido en un hada madrina), y ellos se contactan poco por teléfono, chat, mail… Es muy de adolescentes. No somos una familia común. No hay una madre común acá. Yo les digo: “Ustedes crecieron; hay un 50% que ustedes deben poner en la relación”. Si no, sigo tratándolos como si tuvieran pañales y tomaran mamadera… Todo vínculo tiene que tender a una naturalidad.

–¿Esa naturalidad del vínculo hace que hoy no sepas cuándo es tu próximo viaje a Jordania, por ejemplo?
–Claro. Fueron catorce años en los que viajé e Imad estuvo en todas las visitas. Fueron momentos especiales para mostrar a los chicos que la familia se había restituido, pero ahora hay algo que restituir, que es el espacio íntimo con mamá. Esto todavía no está. No significa que yo la tenga que luchar; es algo que se tiene que dar. Lo único que tienen que hacer hoy es tomarse un avión y venir a verme.

–Pusiste en práctica el desapego.
–No llegué a esto de un día para el otro. Al principio, lo único que quería era que mis hijos estuvieran conmigo de nuevo. Después me di cuenta de que no era ese el camino, sino reconstruirles a ellos toda una vida, en la que estuviera también incluido el padre. Fue un paso muy importante para mí.

Un merecido final feliz
La recompensa de todos estos años para los Shaban-Arias Uriburu es que la familia pudo ser reconstituida, sin odios ni rencores infiltrados, tal como se relata en Después de todo… (editorial Tetraedro), el tercer libro de Gabriela Arias Uriburu. Hoy, Karim, de 19 años, estudia en Bélgica; Zahira, de 17, en Londres, y Sharif, de 15, termina el secundario en Jordania, con la posibilidad de viajar a la Argentina (Karim, por su edad, ya puede hacerlo solo) o verse con su mamá en cualquier otra parte del mundo donde se dispongan a disfrutar de esa relación tan peculiar que ella supo construir, y que ahora deja en sus manos. “No es la opción tomarme un avión e instalarme en Europa, porque no se trata de ir atrás de ellos. Ya fui atrás de ellos. Tengo muy claro lo que es mi tiempo ahora. Me tengo que dar lugar a mí, a mis anhelos, a qué hago de ahora en más”, asegura.

–¿Cómo surgió la idea de escribir Después de todo…?
–Escribo desde chiquita y es algo que me brota. ¡A veces, no me alcanzan las palabras! (se ríe). Este libro se fue escribiendo solo, en cada viaje a Jordania. Imaginate, viajes y viajes de esta naturaleza, con millones de experiencias. Llegaba al hotel y “bajaba” todo eso. Por eso, les digo a las personas que están atravesando una situación compleja que tienen que tener su mapa de ruta. Eso es escribir, hacer gráficos, dibujar, lo que salga. Yo, por ejemplo, soy una persona que necesita el papel para bajar la estrategia, ver cómo haré para llegar a Jordania el año que viene.

–¿Este tercer libro es el punto final de la historia?
–La historia sigue escribiéndose, pero yo llegué hasta un final; hasta un lugar mío. Yo no soy la historia. La historia ya fue. Ahora empieza un camino importante que es todo lo que soy; qué voy a hacer con todo esto que soy, después de haber vuelto del infierno. Ahora tengo que honrar lo que viví.

Nace una nueva mujer
Su nombre siempre estuvo asociado a la lucha de una madre por recuperar a sus hijos. Pero hoy, ella desea, necesita, despegarse de ese cliché y concluir ese capítulo en su vida. Usar el aprendizaje y el crecimiento personal de todos estos años como trampolín para lanzarse a la novedad.

–Después de todo…, en alusión a tu libro, pudiste haberte quedado en el papel de víctima, pero te transformaste en luchadora, alquimista, guerrera…
–Mi guerrera está viviendo una transformación. Está tratando de dejar las armas un poco. Vengo sacándome el traje desde hace dos años. Me costó mucho, porque uno se habitúa. Todos los días me levantaba en lucha y ahora ya no es necesario. Es muy interesante, porque después de tanto trabajo y observación, encuentro que, a veces, comienzo el día con los músculos tensionados como a la espera de que algo pase. Fueron tantos años de haber estado en el campo de batalla que el hecho de que el guerrero vuelva a casa cuesta. Mucho. Lo que te digo me hace acordar a El caballero de la armadura oxidada (novela del estadounidense Robert Fisher). Ahora tengo que aprender a vivir con lo que traigo de mis batallas. Es interesante y caótico al mismo tiempo.

–¿Cómo sigue tu historia?
–En ver cómo no hacer leña del árbol caído, no seguir rumiando esa historia. Es clave y es un quiebre en mi vida. Si no, uno se sienta y habla y habla de lo que pasó… Por eso, creo que la etapa de mi vida que viene ahora es muy importante. Le puse catorce años a la historia de ellos conmigo. Ahora no son solo ellos, es lo que yo tengo que hacer. Empecé la lucha muy joven; ahora ya no puedo hacer determinadas cosas que podía hacer en ese momento en el que me tocó luchar.

–En estos años, hiciste un gran vuelco …
–A veces, me pregunto qué voy a hacer con todo este capital, porque lo tendría que poner a disposición de la gente. Lo hago en cierta manera, pero no del todo. Hay un lugar que voy a tener que jugar. Es claro para mí que no va a ser a través de la política, sino de todas las acciones que estoy teniendo.

Gabriela se levanta a las seis de la mañana, hace pranayama (ejercicios respiratorios del yoga), medita y comienza el día. Intensa, gestiona temas de su fundación y escribe (su próximo libro, Vínculos). Los martes y jueves da clases de yoga. Cada quince días, junto a Paula Wassner, brinda talleres sobre Mujeres que corren con lobos (libro de Clarissa Pinkola Estés). Proyecta desarrollar una línea de esencias para quienes, como ella, viajen a visitar a sus hijos cada tanto y deseen dejar un olor a los suyos para seguir vinculados. También dicta conferencias sobre cómo lograr la superación después de pasar por un dolor grande y lo que se puede aprender de atravesar experiencias como la suya.

–¿Qué proyectos tenés para este 2012?
–Está el próximo libro, Vínculos, y estoy poniendo todo mi esfuerzo para hacer algo en la tele. Lo que tengo concretamente por delante son años de mucho trabajo: la fundación, el yoga, las conferencias y los talleres, que para mí son algo maravilloso. Y me quiero meter en las empresas.

–¿Desde qué lugar?
–Desde cómo superar una crisis y cómo esa crisis es una oportunidad. Lo mío es muy concreto: tiene que ver con un trabajo corporal. Por ejemplo, si vas a pasar una etapa de crisis en la empresa, no podés desayunar café con leche y medialunas ni almorzar bife con papas fritas. Lo único que vas a provocar serán grandes problemas de colesterol, triglicéridos, en un momento en el que estás tan expuesto… ¿Qué hacer entonces? Una dieta blanda. Porque esa crisis que está por vivir la empresa vas a empezar a llevarla a tu cuerpo y a tu casa. Tengo que avisar a los míos que hay una etapa de crisis y que quizá me voy a levantar a las tres de la mañana con alguna pregunta o que voy a necesitar estar en silencio. Voy a tener que poner a disposición algunas cosas propias. Es lo que hice yo; son todas cosas que, poquito a poco, me gustaría ir metiendo en las empresas y, por qué no, en las escuelas. Me gustaría trabajar con los chicos. Tengo mucho para dar y para ayudar.

Gabriela Arias Uriburu es un ejemplo de lucha, pero hoy prefiere dejar a un lado los laureles y el podio, y volver al llano para poder mirar derecho al horizonte y a lo que se viene. Tal vez, nuevas conquistas a partir de las cuales pueda seguir “escribiendo” su épica personal.

Podes ver la nota en el siguiente Link:

http://www.revistanueva.com.ar/numeros/01078/nota/1

 

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